Testimonio de Roger Bissonnette, mecánico y conductor de autobuses escolares en la ciudad canadiense de Quebec. Vive con su mujer en Côteau-du-Lac. Tienen dos hijos adultos.

26 de abril de 2004

Opus Dei -

Vi tertulias filmadas de san Josemaría y una cosa que me impresionó fue su sonrisa alegre y contagiosa. Después, conocí a gente que tenía también una sonrisa auténtica. Tomé la resolución de sonreír más, a pesar de las contrariedades que a veces me encontraba en el trabajo. Un amigo me preguntó cómo hacía para estar siempre de buen humor. Yo no sabía qué contestarle y le dije que había aprendido esto del fundador del Opus Dei. Mi mujer dice que mi carácter se ha suavizado, que ha perdido algunas asperezas típicas de los mecánicos.

Practicaba mi fe, iba a misa todos los domingos pero jamás se me ocurrió que podía buscar la santidad. Eso, pensaba, es sólo para sacerdotes y religiosos. Pero cuando mi mujer me dio a leer algunas de las homilías de san Josemaría, descubrí que yo también podía llegar a ser santo. Fue una gran novedad.

Tenía la mala costumbre de decir groserías cuando me topaba con contrariedades a lo largo del día, pero me di cuenta de que tenía que dar buen ejemplo, y cambié mis hábitos. Como en muchos garajes mecánicos en la región, en las paredes del mío había ciertos calendarios no muy apropiados. Decidí quitarlos.

Al principio no fue fácil poner en práctica lo que iba oyendo. Pero aprendí que Dios es un Padre que nos ama a pesar de nuestras flaquezas, y que debía procurar continuamente comenzar y recomenzar.

Este relato ha sido publicado en el folleto “La alegría de los hijos de Dios”, de Alberto Michelini. © 2002 Oficina de Información del Opus Dei.


En Opus Dei vídeos podéis ver 50 nuevos vídeos cortos como éste, con testimonios personales sobre el Opus Dei.

Con esto ya hay 100 vídeos en esa web.

En las próximas semanas iremos subiendo otros 100 vídeos similares que tenemos grabados

Lucia Vinco, Italia

He trabajado varios años en distintas escuelas de hostelería y al mismo tiempo en el sector de los servicios de base; actualmente estoy asistiendo a un curso de licenciatura en Dietética porque me parece esencial la formación, también científica, para hacer mi trabajo con competencia profesional. En las circunstancias actuales en las que la eficacia y el interés económico son con frecuencia el modelo de comprensión y gestión del mundo he percibido, gracias a las enseñanzas de san Josemaría -fundador del Opus Dei-, la necesidad de recorrer un camino que lleva a la satisfacción de la persona precisamente al tomar en serio su cuidado y atención.

En mi trabajo me siento responsable de llegar al corazón de cada persona con la particularidad de prestar una atención tan esmerada que sea capaz de mostrar esa locura, “amor loco”, sin medida, que Dios siente por cada uno de nosotros. Este deseo se concreta en cosas sencillas, habituales, que adquieren una tercera dimensión y se muestran muy eficaces tanto para quien las recibe como para quien las pone en práctica.

Los efectos no son siempre manifiestos, pero tengo la seguridad de que con mi trabajo puedo colaborar en el cambio de rumbo de los acontecimientos; puedo realizar obras maravillosas en la profundidad de cada persona, en definitiva, puedo devolver “a la materia y a las situaciones su noble y original sentido”( Cfr. Conversaciones, 114.).

Cada trabajo responde a una necesidad real de la sociedad y, para mí, cuidar atentamente de todos los componentes ligados a una existencia más agradable se ha convertido en mi trabajo profesional. El motor de fondo es fomentar que la persona se sienta acogida, y esa acogida se compone de una gran diversidad de elementos, que me gustaría considerar desde tres puntos de vista: el primer punto —unido a mi percepción de la realidad— es la actitud interior de sorpresa ante ese ser prodigioso que es la persona; el segundo está unido a los lugares en los que la persona debe sentirse acogida (orden, armonía, limpieza) y el tercero se refiere a las necesidades de base de cada uno (alimento, descanso, ropa, etc.).

Es entusiasmante encontrar cada día alguna cosa con la que sorprender a los que tenemos alrededor, con la que asombrar con pequeños detalles simpáticos, alegres. Normalmente lo que nos sorprende es una actitud, una expresión, una cosa sencilla cuya importancia es relativa, pero que percibimos como dirigido al bien de nuestra persona.

En mi jornada de trabajo se me presentan muchas posibilidades de “asombrar”, y lo mismo pienso en otros trabajos; se trata de saber descubrir y usar esas posibilidades para hacer feliz a quien es objeto de nuestro trabajo, de nuestro cuidado y atención, pero sobre todo porque así se llega a ser una continuación de la mano de Dios que se dedica a lo que ha creado y de modo especial de las criaturas que más quiere: los hombres.



En su carta mensual, el Prelado anuncia un año mariano en el Opus Dei para agradecer al Señor que San Josemaría viese, hace 80 años, que también el Opus Dei era un camino de santidad para las mujeres.

04 de febrero de 2010

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En este mes, se cumplen ochenta años del momento en el que San Josemaría vio que el Opus Dei era también para las mujeres. Sabemos que el 2 de octubre de 1928, cuando recibió la luz fundacional, nuestro Padre pensó que en la Obra habría sólo hombres. Por eso, podemos imaginar su sorpresa y su gozo cuando pocos meses después, el 14 de febrero de 1930, el Señor le hizo comprender que contaba también con las mujeres para llevar —con su ejemplo y con su palabra—, por todas partes, el mensaje de la santificación en el trabajo profesional y en todas las circunstancias de la vida ordinaria. Años después, lleno de agradecimiento a la Providencia, comentaría que la Obra verdaderamente, sin esa voluntad expresa del Señor y sin vuestras hermanas, hubiera quedado manca[1]. Muchísimas veces se expresó así, dándonos a entender, hijas, qué grande responsabilidad es la de cada una. Aunque sea una pequeña digresión, os ruego que encomendéis al Cielo una intención, que os proporcionará mucho contento.

Desde el 14 de febrero de 1930, San Josemaría trabajó por abrir este camino de santidad en medio del mundo, el Opus Dei, a mujeres de todas las profesiones, razas y condiciones sociales. Ahora manifestamos nuestra gratitud a la Santísima Trinidad, porque es una realidad que esa labor ha arraigado con hondura y extensión en todo el mundo, a pesar de las grandes dificultades que tuvo que superar, especialmente en los comienzos. Si la predicación de San Josemaría sobre la santificación de las realidades terrenas encontró tantos obstáculos en los años 30 y 40 del pasado siglo, pensad en las dificultades que se añadían cuando esa invitación a santificar todas las profesiones honestas, se dirigía a un público femenino.

Hoy día se reconocen a las mujeres —y es lógico— las mismas posibilidades que a los varones en múltiples campos, pero ochenta años atrás no sucedía así. Entonces era poco frecuente, por ejemplo, que cursaran estudios universitarios o que trabajaran fuera del hogar —a excepción de los trabajos manuales que siempre habían realizado—, y más raro aún que ocuparan puestos de responsabilidad civil, social o académica. Muchos lustros después, el Concilio Vaticano II proclamaba: «Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga»[2].

Se ha recorrido un largo camino desde entonces, gracias al esfuerzo de innumerables personas, que han contribuido a que se reconociera —también en las leyes civiles— la dignidad de la mujer, su igualdad de derechos y deberes respecto al varón. Entre esas personas —es de justicia reconocerlo— un lugar especial corresponde a San Josemaría, que desde el primer momento alentó a sus hijas, y a las que se acercaban a la Obra, a alcanzar las metas que les fuera posible, en los más diversos sectores de la actividad humana. Me vienen a la memoria muchos sucesos concretos: desde la fuerza con que animaba a las que tenían condiciones intelectuales a que apuntaran alto en la vida profesional —en el campo de la cultura, de las ciencias, etc.—, hasta el ímpetu, no menor, con que procuró que se reconociera el enorme servicio que rinden a la sociedad otros trabajos. A su impulso directísimo se debe, por ejemplo, que en todo el mundo haya instituciones educativas dedicadas a preparar profesionalmente a muchas jóvenes para el trabajo del hogar, de modo que estas tareas reciban el reconocimiento que merecen, tanto en las leyes civiles como en la conciencia social.

Doy gracias a Dios porque los fieles de la Prelatura, en estrecha unión con tantas otras personas de buena voluntad, han contribuido y siguen contribuyendo a difundir por el mundo esta visión cristiana de la condición femenina. Sin embargo, ¡queda tanto por hacer! Si en muchos ambientes ya se reconoce ampliamente la dignidad y el papel de la mujer, en otros sitios resulta una posibilidad lejana. En cualquier caso, las hijas y los hijos de Dios hemos de proseguir con empeño esta tarea, y mostrar que —como escribió nuestro Fundador— desarrollo, madurez, emancipación de la mujer, no deben significar una pretensión de igualdad —de uniformidad— con el hombre, una imitación del modo varonil de actuar: eso no sería un logro, sería una pérdida para la mujer: no porque sea más, o menos que el hombre, sino porque es distinta. En un plano esencial —que ha de tener su reconocimiento jurídico, tanto en el derecho civil como en el eclesiástico— sí puede hablarse de igualdad de derechos, porque la mujer tiene, exactamente igual que el hombre, la dignidad de persona y de hija de Dios. Pero a partir de esa igualdad fundamental, cada uno debe alcanzar lo que le es propio; y en este plano, emancipación es tanto como decir posibilidad real de desarrollar plenamente las propias virtualidades: las que tiene en su singularidad, y las que tiene como mujer. La igualdad ante el derecho, la igualdad de oportunidades ante la ley, no suprime sino que presupone y promueve esa diversidad, que es riqueza para todos[3].

Del mismo modo que en el año 2008, cuando conmemoramos el octogésimo aniversario de la fundación de la Obra, me ha parecido que el recurso más oportuno, para dar cauce a nuestra acción de gracias, consiste en recorrer estos meses de la mano de la Virgen. Por eso, me causa mucha alegría convocar un nuevo año mariano en el Opus Dei, desde el próximo 14 de febrero hasta la misma fecha de 2011. A lo largo de estos meses, nos esforzaremos por honrar más y mejor a nuestra Madre, sobre todo cuidando con esmero el rezo y contemplación del Santo Rosario, difundiendo esta devoción entre nuestras familias y nuestros amigos. Y demos gracias a Dios, expresamente, por la tarea de las mujeres que se ocupan de la atención material de los Centros de la Prelatura, que contribuye decisivamente a mantener y mejorar el clima de hogar que el Señor infundió en la Obra, cuando la inspiró a nuestro Padre en 1928.

Los primeros meses de este año mariano coinciden con los últimos del Año sacerdotal convocado por Benedicto XVI para toda la Iglesia. En el transcurso de este tiempo, he insistido en que, al pedir por los sacerdotes, hemos de rezar también para que todos los fieles seamos más conscientes de nuestra alma sacerdotal, con una vibración diaria; y que nos decidamos, también cotidianamente, a comunicar la alegría de este don —común a todos los bautizados— a las personas que tratamos.

El 14 de febrero se cumple un nuevo aniversario de la fundación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que tuvo lugar en 1943. Aquel día, mientras San Josemaría celebraba el Sacrificio del Altar en el oratorio de un Centro de la Sección de mujeres, el Señor quiso darle la solución para que pudieran incardinarse sacerdotes en el Opus Dei. Nuestro Padre, hombre de fe profunda en la Providencia divina, veía claramente que con esa coincidencia de fechas, el Señor había querido reafirmar la profunda unidad —de espíritu, de vocación y de régimen— característica del Opus Dei, entre hombres y mujeres, seglares y sacerdotes. Afirmaba: parece como si el Señor quisiera decirnos: ¡no me rompáis la unidad de la Obra! ¡Amadla, defendedla, fomentadla![4].

El alma sacerdotal no es otra cosa que el sacerdocio común hecho vida en los bautizados, hasta el punto de informar todos los instantes de su existencia. Nuestro Padre agradecía al Señor que esta realidad hubiese tomado cuerpo en cada una y en cada uno de los fieles de la Obra. Muchas veces —predicaba, por ejemplo, en 1960— os he dicho que todos, sacerdotes y laicos, tenemos alma sacerdotal. Más aún: yo diría a todos mis hijos que son sacerdotes —con ese sacerdocio real de que habla San Pedro (cfr. 1 Pt 2, 9)— no sólo por haber recibido el Bautismo, sino porque vos estis lux mundi, sois luz del mundo, y la luz no puede esconderse: non potest civitas abscondi supra montem posita (Mt 5, 14), no se puede encubrir una ciudad edificada sobre un monte. Cristo es levantado en la Cruz, para atraer todas las cosas a Sí, y mis hijos procuran alzarlo en la cumbre de todas las actividades humanas nobles, para llevarle las almas[5].

Al recordarnos esta certeza, impulsaba a poner en acto las virtualidades contenidas en la vocación cristiana. Pero no se limitaba a enunciar teóricamente esa verdad, sino que enseñaba a ponerla en práctica. Aconsejaba vivir la Santa Misa a lo largo de las veinticuatro horas del día, presentando al Señor, en el ofertorio, las tareas de la jornada, los éxitos y los fracasos, las penas y las alegrías. Recomendaba realizar el trabajo esforzándose para ejercitarse en las virtudes que toda actividad profesional comporta —laboriosidad, abnegación, servicio a los demás, etc.— con espíritu cristiano. De este modo, concluía, la Santa Misa se convierte verdaderamente en el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano[6], y prolongamos el Santo Sacrificio durante la jornada entera.

Y le gustaba descender a los detalles. Durante una reunión con gente joven, ante la pregunta de cómo poner en práctica el alma sacerdotal, respondió: ¿cómo piensas que debe ser un sacerdote? Sacrificado, celoso, sonriente, que atraiga, que no rechace a las personas que piden sus servicios, que sepa disculpar, que sepa comprender, que sepa aconsejar, etc. Tú sabías esto y muchas cosas más y estoy convencido, hijo de mi corazón, de que procuras practicarlo: por eso tienes alma sacerdotal[7].

Y en otro momento: participáis en el sacerdocio real de Cristo por haber recibido los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, y participáis también en los carismas que distribuye el Espíritu Santo, en el sentido de que hacéis muchas cosas buenas. Una palabra vuestra, a veces, abre los ojos a un ciego; vuestro modo de comportaros hace que un tullido, una persona que no hacía nada para la vida cristiana, se levante y trabaje a vuestro lado; y otras veces son muertos, que hieden, los que van al Sacramento de la Penitencia movidos por vuestros ruegos, por vuestra enseñanza, por vuestra oración. Se purifican, se limpian, y son capaces de todas las cosas buenas: han resucitado[8].

A la luz de estas consideraciones, podemos preguntarnos si la Santa Misa constituye verdaderamente el punto de confluencia de nuestros deseos e intenciones, la fuente de la que se alimentan los afanes de santidad y de apostolado. ¿Vemos almas en las personas con las que nos encontramos a lo largo de la jornada? ¿Reaccionamos con actos de amor y desagravio ante las ofensas que recibe el Señor? Sintámonos, además, solidarios con quienes sufren material y espiritualmente a causa de guerras, persecuciones, catástrofes naturales, etc., y tratemos de acompañarles con nuestra oración, y con nuestra ayuda material, siempre que sea posible. Deseamos que noticias como la del terremoto en Haití no se queden en un mero recuerdo.

Los frutos apostólicos dependen de la unión con Nuestro Señor, como ha puesto de relieve el Papa refiriéndose a la extraordinaria eficacia pastoral del Santo Cura de Ars. Logró tocar el corazón de la gente —explicaba en una audiencia— no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba “enamorado” de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios[9].

El 19 de febrero recordaremos especialmente al queridísimo don Álvaro, que en esa fecha celebraba su santo. Confiamos en su intercesión para recorrer este nuevo año mariano, con el mismo espíritu filial con que el primer sucesor de San Josemaría convocó y vivió otros años marianos, con ocasión de varios aniversarios de la Obra. Al día siguiente, 20 de febrero, ordenaré de diáconos a dos hermanos vuestros Agregados. Recemos por ellos y por todos los clérigos.

Hace unos días, el Santo Padre me recibió en audiencia privada. Le llevé el cariño y la oración de todas y de todos, asegurándole que constantemente rezamos por su Persona y por sus intenciones. Sigamos así, bien unidos al Sucesor de Pedro y también a todos los Obispos, sacerdotes y fieles de la Iglesia. Benedicto XVI quiso bendecir toda la labor apostólica de los fieles de la Obra y a cada una y a cada uno.

No es preciso que os recuerde que confío mucho en vuestra oración por mis intenciones. Continuad rezando con generosidad.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de febrero de 2010.

[1] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, febrero de 1955.

[2] Concilio Vaticano II, Mensaje final a las mujeres, 8-XII-1965, nn. 3-4.

[3] San Josemaría, Conversaciones, n. 87.

[4] San Josemaría, Notas de una homilía, 14-II-1958.

[5] San Josemaría, Notas de una meditación, 15-IV-1960.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 87.

[7] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 31-III-1974.

[8] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, octubre de 1972.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 5-VIII-2009.

No somos muchos los que defendemos los colegios de l Opus Dei. Soy Sofía, Estudié en el colegio Los Pinos del Ecuador los 12 años de escuela y colegio. A mi me a tocado muy dura la vida, pero gracias a Dios y a los Santos Sacerdotes, las tutoras y los centros etc… la vida se me hubiera hecho más dificil. Ya tengo 38 años, mis hijos (en contra de mi esposo) estan en Colegios de la “Obra de Dios”, fui maestra luego de graduarme, luego fui profesora de teatro y música en el prescolar y sigo teniendo formación como madre de familia. Yo le siento al Opus Dei, a mi colegio y a las maravillosas personas que forman parte de esta gran familia como un regalo de Dios. Tengo cuatro hijos vivos y uno en el cielo (Y NO SOY SUPERNUMETARIA) tengo una hermana que si lo es. Mi mejor época fue la del cole, lo que tu quieras saber tambien me lo puedes preguntar, con un abrazo y un beso desde quito-ecuador tqm.


Viviana Miskulin es madre de cuatro hijos, uno de ellos con autismo. Desde Arequipa lanzó hace tres años el blog “Educando a mi hijo”, que ha obtenido diversos reconocimientos y le ha permitido conocer a quienes compartían su misma realidad.

03 de febrero de 2010

Opus Dei - Danko Miskulin

Danko Miskulin

“Delgado, alto y blanco; con carácter fuerte, que ha sabido superar sus fobias y temores, decidido, dócil y demasiado hiperactivo (su primer instinto es agarrar algo)”. Él es Danko, un joven de veintitrés años que desde los tres sufre de autismo y que hoy es muy conocido en el mundo de la blogósfera bajo el link: www.educandoamihijo.com.

Desde que su hija Lenka le dio la idea de escribir un blog sobre su experiencia con Danko, Viviana Miskulin no se cansa de contestar e-mails, comentarios y de subir entradas en él. Y es que este espacio que cuenta al mundo la realidad del autismo ha ido ganando reconocimientos en la comunidad informática.

En el año 2008 ganó el premio al mejor blog en la categoría Familia del concurso que cada año organizan la asociación Perú Blogs y Páginas Amarillas de Telefónica. En el año 2009 fue declarado ganador absoluto del mismo concurso.

El autismo es un síndrome caracterizado por la incapacidad de establecer contacto verbal y afectivo con las personas, y que termina en un repliegue de la personalidad sobre sí misma. Es indudable el sacrificio que conlleva la educación de un chico con estas características. Viviana y su familia lo saben.

Opus Dei - Familia Miskulin, unidos frente al autismo

Familia Miskulin, unidos frente al autismo

Con la experiencia ganada en este tema, Viviana agradece a Dios por las fuerzas que siempre le ha dado. Y hoy nos cuenta la receta diaria de amor de la familia Miskulin, que componen Danko papá, Viviana, Lenka, Luis Alberto, Danko, Kathy y Ljuby.

Las mañanas se “encienden” con una música tranquila y relajante; un ¡Aleluya!, ¡Aleluya! despierta a los más pequeños de la casa, pero no a Danko que posiblemente ha perdido el sueño, una y otra vez, en horas de la madrugada. La señora Viviana, que despertó hace mucho, prepara el desayuno y llama a todos a la mesa.

- “En épocas de colegio, él es el primero que se levanta, pero en vacaciones, es el último”.

Danko despierta horas después y se toma su tiempo para desayunar. Luego de una hora, se asea. “Ya sabe qué debe hacer, pero a veces me pide que lo acompañe; no necesariamente para que le ayude, sino más bien para sentirse protegido”.

- “Danko es tranquilo. A veces no es muy estable, pero no llega a gritar ni agredir”.

Opus Dei - Danko, de niño

Danko, de niño

La hora del almuerzo es la más fehaciente cuota de paciencia diaria de la señora Viviana. “¡Se demora demasiado!, se para, se sienta, va hacia la cocina, empieza a buscar comida en las ollas, sube, baja o reclama algo”. Tarda unas tres o cuatro horas, hasta que llega el momento de su clase de música. “Ya lleva un año en esta escuela de chicos normales. Los profesores dicen que aprende muy rápido”.

Pero ésta no es su única habilidad. También practica atletismo, es bueno para las matemáticas y en comprensión lectora, ¡Lee y escribe muy bien!, y tiene tan buena memoria que, hace algunos años, ésta le permitió desempeñarse perfectamente en un trabajo en Supermercados Metro de San Miguel de Lima.

La buena memoria de Danko no se queda en lo funcional, pues además se sabe algunas oraciones al pie de la letra, que no sólo repite antes y después de cada comida y los domingos en Misa, sino en la noche, cuando acompaña a sus hermanos y a sus padres a rezar el Rosario.

- “Ser parte del Opus Dei me ha permitido darme cuenta que mi hijo vino al mundo con una misión”.

Opus Dei - Viviana Miskulin y Danko muy agradecidos por la acogida en la blogósfera.

Viviana Miskulin y Danko muy agradecidos por la acogida en la blogósfera.

Danko es bien cuadriculado: tiene que cumplir sus tres comidas, no puede almorzar si no ha desayunado y no cena si no ha almorzado. “Sabe que tiene un lugar en la mesa y nadie puede sentarse en aquél, ni él quiere sentarse en cualquier otro sitio”.

- “Mis hijos siempre lo entienden. Son cada vez más sensibles con el dolor de las personas y luchan, cada día, por ser mejores hermanos”

A lo largo de la noche Viviana, que se dedica plenamente a su hijo, lo acompaña en algunas actividades como ver televisión, escuchar música, jugar o bailar. “¡Le gusta mucho bailar!” Llegada la hora de dormir, Danko aún no tiene sueño.

- “Tenemos que insistirle para que vaya a la cama. A veces nos hace caso, pero otras se puede quedar despierto hasta las seis de la mañana”.

Opus Dei - Reconocimientos de la Familia Miskulin

Reconocimientos de la Familia Miskulin

Casi todos los de la familia entran diariamente al blog y escriben algo relacionado con Danko. Y cada vez es una sorpresa para ellos: más de 800 visitas diarias y un promedio de ocho comentarios por post. Este es un logro cotidiano para los Miskulin porque saben que llegan a muchas personas y les dicen: ¡Míranos, únete a nosotros y verás que juntos podremos “sacarle la vuelta al autismo”!

Tengo 19 años y soy agregada del Opus Dei
Santificación del trabajo ordinario: puedo ser santa con lo de cada día
Siempre me han tratado con cariño y se han interesado por mi en el Opus Dei


Testimonios breves sobre lo que es el Opus Dei, con un buen tema de Calamaro de fondo.



Trabajo como policía en una gran zona turística de Tenerife, en las Islas Canarias, donde acuden millones de turistas en busca del sol.

Estoy casada y tengo cuatro hijos; y tenemos en casa, como inquilinos, a más cincuenta animales: perros, gatos, conejos, gallinas, tortugas, ranas, peces de todos los colores, cerditos vietnamitas, lagartos, lagartijas y todo tipo de pájaros, desde canarios y loritos hasta un mirlo, que ha sido nuestra última adquisición. Todos son bien recibidos.

Esta una tierra acogedora donde recibimos muy bien a todos: a los forasteros y a los turistas, aunque no a ese tipo de turistas amigos de lo ajeno, que vienen por aquí también en tiempo de vacaciones y suelen estar también de temporada alta.

Eso me exige actuar de vez en cuando, en mi profesión, cómo lo diríamos… de forma contundente. Tras estas actuaciones, mis compañeros me dicen, de broma:

-¡Chica, qué genio tienes! ¡Y eso que vas a Misa todos los días!

-¡Pues imagínate como sería –les digo- si no fuera a Misa!

Es verdad. ¿Qué haría yo sin esa fuerza interior? Soy supernumeraria del Opus Dei y madre de cuatro hijos. Los dos de en medio están en la llamada época difícil: en plena adolescencia y juventud. El pequeño, Josemaría, tiene ocho años.

Eso nos lleva, a mi marido y a mí, a poner en juego, junto con el cariño y la confianza, todas nuestras armas: queremos transmitirles una dosis alta de fortaleza para que no se los acabe comiendo el ambiente.

Artículo completo en Mi familia, mi casa… y otros animales

La vida santa y apostólica de Ruth Pakaluk* (estadounidense; fallecida en 1998)

Ruth se casó con Michael, que es también de la Obra.
[se puede leer las respuestas de Michael en una entrevista, aquí: http://www.opusdeiblogs.org/index.php?o ... Itemid=108]

Ambos Ruth y Michael eran alumnos de la Harvard University. Al principio practicaban el protestantismo (‘cristianismo evangélico’). En el tercer año de sus estudios universitarios, se casaron, pues sentían una especial llamada a vivir el resto de su vida formando una familia y viviendo una intensa vida familiar. Por providencia divina, les rodeaban buenos amigos que, por querer buscar y encontrar la verdad última, terminaban por convertirse a la fe católica. Uno de esos amigos, que decidió ‘volver a casa’, les explicaba algo que les puso inquietos: la noción teológica del munus [oficio] en nuestra fe católica, que si una Iglesia fuera la verdadera, habría alguien o alguna autoridad que diría que una cosa va bien o mal. Es un punto muy ‘desarmante’ o peliagudo para los protestantes rodeados por personas en busca de la fe verdadera. En caso de Ruth, al re-leer los Padres Apostólicos, resultó ser una noción que le llevó muy cerca a su conversión al catolicismo. Mientras tanto, en Ruth todavía quedaron unas cuestiones de moralidad, p.ej., la cuestión del aborto y su postura “pro-choice”. Habiéndose convencido, tras una discusión, de que no había diferencia entre un feto y un bebé, la cuestión que quedó no contestada era la de la anticoncepción: pero aun en ésto, un amigo suyo le convenció fácilmente que la “mentalidad anti-conceptiva” es, de por sí, egoísta, individualista, y consumista.

Ya que la pareja presidía la “Comunión Cristiana Inter-Universitaria” de la Universidad de Harvard, los líderes de esa asociación, para prevenir su eventual conversión, invitaron a dos partidos ―uno protestane, otro católico― para que debatieran y expusieran sus convicciones en pleno campus universitario. Adivinidad quién fue invitado para hablar de la fe católica: ¡Peter Kreeft! Ruth y Michael retrasó un poco el momento de su conversión, pues éste recibió una beca para estudiar en Gran Bretaña. Pero nada más llegar a Edinburgh, Ruth llamó a la puerta de la capellanía llevada por un dominicano, y declaró: “¡Quiero ser católica!” Era en este lugar donde Ruth concibió su primer hijo, que siempre había considerado como un don venido del Dios todo-bondadoso, fuente de la vida y de la gracia. Ambos empezaron a practicar la fe católica desde navidades de 1980.

Desde entonces, Ruth se convirtió en una gran y celosa defensora de la vida. Utilizaba también de modo muy eficaz nuestra arma, el “apostolado epistolar”. Habiendo regresado a Boston, llamaba y escribía a los organismos pro-vida en el estado de Massachusetts. Así conoció a Paul Swope, y junto con él, y con la ayuda del grupo Massachusetts Citizens for Life (MCFL), decidieron iniciar una serie de reuniones, filmaciones y otras actividades pro-vida en la Universidad de Harvard. Este movimiento produjo la Harvard-Radcliffe Human Rights Advocates, que era un grupo de gran influjo en Boston en lo que se refiere a cuestiones pro-vida. Ruth pasó a ser integrante de la Junta de MCFL, desde donde lanzó una obra dinámica y vibrante en defensa de la vida: p.ej., influyó al gobierno estatal a pensar en dejar de financiar el aborto, y pudo frenar muchas iniciativas pro-aborto que nunca entraron en leyes estatales. Procedió además a formar una coalición de comunidades protestantes interesadas en el movimiento pro-vida.

En 1989, perdieron su 5° hijo; miles de personas acudieron a su funeral, incluídas personas de la Obra. Aun en Escocia habían conocido el Opus Dei, pues el padrino de su primer hijo residía en una residencia dirigida por la Obra. Esta vez, habiéndose mudado a Cambridge, se pusieron en contacto con Father Sal Ferigle. Dentro de un año, la pareja se incorporan a la Obra. Desde la muerte del 5° hijo, Ruth empezó a ansiar el Cielo de modo verdadero y concreto. El nacimiento de otra hija le dio mucho consuelo y gozo; pero nada presagió que otro sufrimiento le esperaba: durante las revisones médicas de esta etapa, descubrieron que le afligió un cáncer de mama, al que eventualmente iba a sucumbir. A pesar de ésto, concibió y dio a luz a otra hija. Además, continuó su labor intensa en el movimiento pro-vida, durante la cual formuló una serie de presentaciones*, a base de un nuevo paradigma que iba a influir corazones y mentes individuales por medio de la educación. En particular, se dirigió a los jóvenes de Massachusetts, por eso las charlas se llamaban “Life Education Awareness Project”, y a veces las titulaba “Pro-Vida es Pro-Amor”.

Durante toda esta etapa confiaba plenamente en Dios y su amor. Pudo hablar muy claro de cuánto ansiaba el Cielo como nunca; en charlas y círculos que daba sobre las vacaciones y la santificación del descanso, se le veía que el Cielo era algo completamente real. Había llegado el cáncer hasta los huesos en 1993. Aún le quedaba energía para ser directora de Educación Religiosa en la Parroquia, que le llevó a re-organizar y hacer más jovial el aprendizaje del catecismo, en especial para los jóvenes. Falleció en septiembre de 1998. Miles de personas, más que al funeral de su hijito, habían acudido a las exequias de la “mujer más pro-vida de Boston”.

Ruth: Ruega por mí; ruega por nosotros.

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*Su memoria la va a publicar Ignatius Press: llevará el título “The Appalling Strangeness of the Mercy of God” [“La rareza deslumbrante de la misericordia de Dios”]. En nada se pretende prevenir la eventual publicación de su semblanza. En la obra publicada, aparecerá la serie de presentaciones pro-vida que solía dar por toda la ciudad de Boston.

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