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George Weigel, autor de la biografía más acreditada sobre Juan Pablo II, aporta en una segunda entrega nuevas revelaciones sobre los ataques comunistas contra el Papa. Aunque es una continuación de Testigo de esperanza, que llegaba hasta 1999, The End and the Beginning (1) no se centra sólo en los seis años finales del pontificado de Juan Pablo II. Aborda además algunos aspectos de la etapa anterior a su llegada a la cátedra de San Pedro y de la década de 1980.

Firmado por Antonio R. Rubio
Fecha: 29 Abril 2011

Los años transcurridos desde la caída de los regímenes comunistas han permitido a Weigel acceder a documentación inédita procedente de los archivos de la policía secreta de Polonia, de otros países ex comunistas y de la Casa Blanca, lo que arroja nueva luz sobre temas que ya había tratado en Testigo de esperanza.

La óptica de Weigel

George Weigel, que sabe combinar la politología con el estudio de temas teológicos y eclesiales, ha dividido el libro en tres partes. En la primera, “The Fight for Freedom”, se presenta el período 1945-1989, desde la instauración del régimen comunista en Polonia hasta su caída con las primeras elecciones libres en junio de 1989. La segunda parte, “The Last Years”, aborda los últimos seis años del pontificado, desde el Gran Jubileo hasta el fallecimiento del Pontífice el 2 de abril de 2005, y es toda una crónica de sus sufrimientos físicos y morales, al hilo de los sucesos que configuraron los primeros años del tercer milenio. Por último, en la tercera parte, “The Legacy”, Weigel hace un balance del pontificado de Juan Pablo II, con el que pretende presentar los éxitos ampliamente reconocidos del Papa y aquellos otros hechos que, a su juicio, constituyen fracasos o propósitos incumplidos.

El KGB soviético intuía que el papa polaco era la mayor amenaza al sistema geopolítico instaurado en Yalta, y le atacó con todos sus medios

No es un libro escrito por un teólogo ni por un vaticanista al uso, aunque contenga elementos tratados por esa clase de autores. Pesa más en conjunto la labor del historiador, del politólogo y, si se quiere, de un ensayista de pluma ágil que conoce en profundidad las grandes corrientes de pensamiento de la cultura contemporánea.

Las referencias históricas y culturales lo impregnan todo e influyen en los juicios de Weigel sobre temas eclesiales. Después de todo, es un autor plenamente identificado con el neoconservadurismo norteamericano. Si en el pasado sintonizó con los demócratas de la era Kennedy, la posterior evolución del partido hacia posiciones de izquierda le llevó a postulados republicanos, los de una revolución conservadora en que el capitalismo democrático puede ir de la mano no sólo del protestantismo, sino también de un catolicismo que rechaza el socialismo y el intervencionismo estatal.

El peor enemigo para los comunistas

En la primera parte del libro Weigel describe los años de Wojtyła, sacerdote y obispo de Cracovia, durante el régimen comunista. Aquí, como en su anterior biografía, resalta la importancia que el futuro Papa daba a la cultura, pues fue lo que ayudó a que Polonia sobreviviera durante las dominaciones nazi y comunista. La cultura representaba un espacio de libertad en medio de un régimen totalitario, con el valor añadido de que la polaca está fuertemente impregnada de cristianismo. Los poemas y las obras teatrales de Wojtyła son la expresión de una cultura humanista que se opone a un comunismo que en las personas sólo ve categorías, no seres humanos.

Para Weigel el pontificado de Juan Pablo II supone un renacer de la Iglesia tras los años de confusión y de sufrimiento moral del posconcilio

No obstante, la novedad del libro es la confirmación de que durante más de tres décadas Karol Wojtyła fue espiado de cerca por la SB, los servicios de seguridad del régimen comunista. El acceso de Weigel a los archivos nos presenta la visión que tenían de él sus adversarios, muy ajustada a la realidad: era un hombre de fuertes convicciones, no fácilmente influenciable.

Con el paso del tiempo, y a pesar de la naturaleza afable y conciliadora del futuro pontífice, el régimen se dará cuenta de que tiene frente a sí a “un oponente ideológico muy peligroso”, y en la década de 1970, en medio de disturbios laborales y políticos que amenazan al sistema, llega a la conclusión de que “Wojtyła es la única y real amenaza ideológica en Polonia”, mucho más que el cardenal Wyszynski, encarcelado por los comunistas en los años más duros de la represión estalinista.

La voz de la Iglesia del silencio

De ahí la sorpresa y el estupor que supuso su elección como Papa el 16 de octubre de 1978. El KGB soviético tendrá la intuición de que es la mayor amenaza al sistema geopolítico instaurado en Yalta, lo que se confirmará cuando Juan Pablo II se convierta en el gran defensor de la dignidad de la persona humana y de la libertad religiosa, sin necesidad de continuas condenas frontales del régimen comunista. Un informe de los archivos de aquellos años indica que los soviéticos consideraban menos peligroso a Solzhenitsyn que a un Papa polaco en Roma.

Moscú prefería la perpetuación de la Iglesia del silencio y el entendimiento con el Vaticano por medio de una Ostpolitik que sólo debía aspirar a salvar lo salvable. Juan Pablo II quería ir mucho más allá, como lo demuestra el hecho de que en una visita a Asís recordara a un peregrino que la Iglesia del silencio ya no existía porque desde ahora iba a hablar por la voz del Papa. Por lo demás, Weigel no cae en la simplicidad de asumir el establecimiento de una “santa alianza” entre Reagan y Juan Pablo II para combatir al bloque comunista. Pero no deja de resaltar la buena relación entre ambas personalidades y se permite trazar algunos paralelos en sus vidas, incluyendo el interés mutuo por el mundo de la escena.

Particular interés tienen las páginas dedicadas a la fundación del sindicato Solidaridad y al establecimiento de la ley marcial en Polonia en 1981. Juan Pablo II supo mantener encendida la llama de la esperanza para su país, particularmente en las visitas que realizó en 1983 y 1987, continuación de aquellos nueve días de junio de 1979, tiempo de su primera visita, en la que invocó al Espíritu Santo para la renovación de aquella tierra.

Weigel ve más decisiva la labor del Papa en la caída del comunismo que la del propio Gorbachov, que en realidad quería cambiar el sistema sin cambiar de sistema. El último líder soviético también quedaría impresionado por el sucesor de Pedro, lo que queda muy patente en la presentación del Pontífice a su esposa Raisa en una audiencia privada el 1 de diciembre de 1989: “Es la más alta autoridad moral sobre la Tierra y es eslavo como nosotros”.

Los dramáticos últimos años

La segunda parte del libro está dedicada a los últimos años del Pontífice, tan intensos como dramáticos. Arranca con el viaje a Tierra Santa en el año 2000, con la emotiva relación de una oración privada en la basílica del Santo Sepulcro, y continúa con las audiencias del Gran Jubileo, concebido por Juan Pablo II como una oportunidad para evangelizar y traer a Roma gentes de toda condición. No menos significativos son los viajes en los que sigue las huellas de san Pablo en Atenas y Damasco, o el trascendental viaje a Ucrania, signo de reconciliación entre católicos y ortodoxos y entre polacos y ucranianos.

Weigel hace una crónica un tanto apresurada de unos hechos con nuevos desafíos históricos a partir del 11-S, el debate sobre los raíces cristianas de Europa, la guerra de Irak… Son también los años de numerosas beatificaciones y canonizaciones, en buena parte de mártires, presentados como testigos y modelos de Cristo en los inicios del tercer milenio. Finalmente, la enfermedad de Juan Pablo II será el culmen de su identificación con Cristo y un ejemplo para un mundo que no comprende el don sagrado de la vida.

Renovación en la Iglesia

La tercera parte de la obra es un balance del pontificado de Juan Pablo II, que para Weigel supone un renacer de la Iglesia tras los años de confusión y de sufrimiento moral del posconcilio. Según nuestro autor, fue una época en la que se experimentó un déficit de energía evangelizadora, aunque todo esto sería superado por un Papa convertido en testigo de esperanza para toda la humanidad.

Resulta muy acertada la trascendencia que otorga Weigel a la devoción a la Divina Misericordia, nacida en Polonia y a la que Juan Pablo II dará carácter universal no sólo con la beatificación y canonización de la religiosa Faustina Kowalska, sino también con la institución de una festividad fijada para el segundo domingo de Pascua. En este y otros aspectos del magisterio de Juan Pablo II, el cristianismo aparece como la expresión del más auténtico humanismo, como una barrera contra el utilitarismo deshumanizador de nuestro tiempo. La auténtica liberación humana pasa por una radical conversión a Cristo.

Weigel subraya que el Papa conocía bien la filosofía de la Historia, tan apreciada por algunos pensadores eslavos como Soloviev y Solzhenitsyn. Compartía con ellos la creencia de que el motor de la Historia no reside en la política ni en la economía sino en la cultura.

Esto le sirvió para rechazar la falacia jacobina de que la Historia es una lucha por el poder, concebido como el modo de imponer la propia voluntad sobre la de los demás, y la falacia marxista de que la Historia es el resultado de fuerzas económicas impersonales.

Por el contrario, para el Papa la política no se puede desligar de la ética y, en consecuencia, la auténtica liberación es liberación del mal, por lo que es necesario buscar la verdad acerca de la persona humana.

Crear sociedades libres

Tras la caída de los regímenes comunistas europeos, Juan Pablo II se esforzaría en defender que no bastaba con crear sociedades libres sino que también habían de fundamentarse en la verdad sobre la persona humana. El orden moral no podía estar ausente de la vida pública. Weigel hace también énfasis en que muchos que aplaudieron la posición del Papa frente al comunismo en nombre de la libertad nunca comprenderían que también la lucha por la cultura de la vida formaba parte del combate por la libertad. Era una lucha contra la cultura de la muerte que desgraciadamente algunos han reducido, en los casos del aborto o la eutanasia, a una mera cuestión de “elección”.

Por lo demás, las ideologías del siglo XIX, defensoras de un humanismo ateo, se esforzarían por demostrar que el Dios de la Biblia es un enemigo de la libertad humana, sin querer admitir que esa libertad está inserta en el Decálogo del Sinaí, que enlaza a su vez con esa moral universal que puede ser conocida por medio de la razón humana. En consecuencia, Juan Pablo II defendería siempre la universalidad de los derechos humanos que, como recuerda Weigel, son actualmente cuestionados como una imposición del mundo occidental por posmodernos, islamistas, autócratas de Asia Oriental y comunistas.

Por otra parte, el Papa Wojtyła será uno de las más firmes defensores de la razón en una época en que es cuestionada por un relativismo incapaz de creer que el ser humano puede llegar a la verdad. Destaca Weigel que los ilustrados del siglo XVIII habrían sido los primeros en sorprenderse de esta paradoja, pero en realidad tampoco es una novedad porque los estudios de teología siempre han requerido conocimientos de filosofía.

En encíclicas como Veritatis splendor y Fides et ratio criticará la separación entre fe y razón, bastante relacionada con el progresivo debilitamiento de la vida moral. Como bien resalta el autor, todo ha sido reducido al mantra de la “elección”. La fe y la razón han de ser dos ojos que tienen que trabajar juntos.

Pacifismo funcional”

Acaso uno de los aspectos más cuestionables de esta obra es la opinión de Weigel sobre las relaciones internacionales de la Santa Sede. El autor no cree una serie de dogmas contemporáneos sobre este tema, asumidos supuestamente por el Vaticano, como la superioridad de las organizaciones internacionales sobre las relaciones bilaterales o lo que califica de “pacifismo funcional”, que habría olvidado la tradicional teoría de la guerra justa.

Según Weigel, la diplomacia vaticana se habría quedado en los esquemas de las revoluciones pacíficas de 1989 en Europa del Este y pretendió repetirlo en otros lugares del mundo, pero esto no sería viable con las masacres de la ex Yugoslavia, la tiranía de Sadam Hussein o el terrorismo islamista. De hecho, Weigel reconoce que Juan Pablo II se opuso radicalmente a la guerra de Irak, no aceptable ni siquiera por el motivo de derribar un régimen tiránico, al que habría que haberse opuesto sólo por medios no violentos.

de aceprensa