Mujeres que sostienen el mundo
Jesús Fonseca (el entrevistador)

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Lo suyo no es resignación. No. Es otra cosa. Es una postura esperanzada ante el suplicio. Tanto, que hasta parece feliz. Y yo creo que lo es, aunque uno no lo entienda, la verdad. Lo delata su mirada apacible y esa sonrisa de complicidad y ternura. Pero, sobre todo, alegre, muy alegre. Viéndola, uno sólo encuentra motivos para la desesperación. Se llama Rosalía Cruz y acaban de cortarle manos y pies. Su dependencia es total. Insoportable y latosa, por más buen humor que se le ponga. Sin embargo, parecería que no va con ella. Ni siquiera le parece una limitación. Definitivamente la alegría cura. Se la ve serena. Pero sobre todo, como digo, alegre, muy alegre. ¡Qué digo! Se la ve feliz: «Se puede llegar a donde yo quiero sin manos y sin pies. Para amar, que es lo que a mí me importa, lo que hace falta es cabeza y corazón y eso lo tengo entero», me responde cuando le confieso que yo, así, ni podría ni querría vivir. Pone los pelos de punta la capacidad de esta mujer para levantar la vida. Para crear contento y entusiasmo a su alrededor. Rosa ha dedicado todas sus energías, desde que tenía 19 años, a atender a los demás como numeraria auxiliar del Opus Dei y ahora, como premio a esa entrega, la Divina Providencia -a la que uno no acaba de entender nunca- la coloca ante semejante trance. Pero ella, «alegre aún en la áspera suerte», que diría Stevenson, es capaz de convertir este horror en una ocasión de servir; en un un reto. Es evidente que esta salmantina de 67 años sabe a quien debe la vida. A quien hay que invocar en la dicha y en la desdicha. Pero, aún así, aún así, no es explicable cómo se puede transformar este espanto en ración de paraíso. Se lo planteo a Rosa, retenida en una cama convertida en cárcel. ¿Por qué todo esto?. «Bueno, por de pronto, porque Dios lo quiere. Es una parte de la vida», me responde con una sonrisa de esas suyas de oreja a oreja. Y añade: «la mayor riqueza es nuestra alma, y basta ella sóla para llenarnos de felicidad». En conclusión, que no está mal, verdad, que nos recuerden de vez en cuando que la vida es maravillosa, por más cuesta arriba que se ponga. Y nos muestren esa otra alegría que hay detrás del sudor, detrás del dolor. ¡Qué suerte que haya gente feliz como Rosa Cruz! Son mujeres como ésta las que sostienen el mundo. ¿Verdad que sí?