Homilía del Prelado del Opus Deien la festividad de San Josemaría Escrivá (Roma, 25 junio 2011). “Nuestras ilusiones se verán colmadas por las maravillas de Dios”, ha dicho con palabras del Fundador.

26 de junio de 2011

1. Hemos anticipado un día la celebración de la fiesta litúrgica de san Josemaría porque mañana, aniversario de su tránsito al Cielo, coincide este año con la fiesta del Corpus Christi. Esta circunstancia, sin embargo, nos puede ayudar a prepararnos mejor para una solemnidad tan grande. Nuestro Padre se disponía con mucho amor y seguía celebrándola también en las jornadas siguientes, durante la octava que entonces prescribía la liturgia, adorando a Jesús en el Santísimo Sacramento, agradeciendo que se haya quedado con nosotros bajo las especies eucarísticas, desagraviando por las ofensas que recibe y pidiendo por el Papa, por la Iglesia, por el mundo entero.

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Os invito a uniros a estos sentimientos que colmaban el alma de san Josemaría cuando estaba físicamente entre nosotros. Acudamos a su intercesión para que nos obtenga, de la Santísima Trinidad, la gracia de ser verdaderamente almas eucarísticas: mujeres y hombres que de verdad se empeñan por hacer de la Sagrada Eucaristía, jornada tras jornada, el centro de su trabajo, de sus aspiraciones y de su entera existencia.

También me llena de gozo que hoy sea el aniversario de la primera ordenación sacerdotal de fieles del Opus Dei: mons. Álvaro del Portillo, don José María Hernández Garnica y don José Luis Múzquiz. De los tres se halla en curso la causa de canonización. Recurramos privadamente a estos tres primeros sacerdotes de la Obra para que intercedan por cada uno de nosotros.

2. Los textos litúrgicos de la Misa de san Josemaría resumen los puntos fundamentales del espíritu que, inspirado por Dios, comenzó a difundir desde el 2 de octubre de 1928. Los resume bien la oración colecta: «Proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado», como hijos de Dios, en medio del trabajo profesional y en las circunstancias de la vida ordinaria, para «servir con ardiente amor a la obra de la Redención», mediante una labor apostólica personal de amistad y de confidencia. Hoy quisiera detenerme en este último aspecto, considerando la escena de la pesca milagrosa que acabamos de escuchar.

En este pasaje del Evangelio, que narra la llamada al apostolado de los primeros discípulos de Jesucristo, se descubre el modelo ejemplar de la vocación apostólica de los fieles cristianos, a los que el Señor busca en medio de su profesión. En Camino, ya en los años de 1930, san Josemaría escribía: Lo que a ti te maravilla a mí me parece razonable. —¿Que te ha ido a buscar Dios en el ejercicio de tu profesión?

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Así buscó a los primeros: a Pedro, a Andrés, a Juan y a Santiago, junto a las redes: a Mateo, sentado en el banco de los recaudadores…[1].

Como el buen padre de familia de que habla Jesús[2], san Josemaría supo sacar nuevas luces de la Palabra de Dios, mostrando cómo aspirar a la santidad en la vida ordinaria, según pone de relieve Benedicto XVI en su exhortación apostólica Verbum Domini[3]. Al mismo tiempo, la predicación de san Josemaría se situaba en el surco abierto por los Padres de la Iglesia. Ya san Agustín, comentando esta escena evangélica, había afirmado que los Apóstoles «recibieron de Jesús las redes de la Palabra de Dios, las echaron en el mundo, como en un mar profundo, y recogieron ese gran número de cristianos que vemos con asombro»[4]. San Cirilo de Alejandría añadía que «la red se sigue echando ahora, mientras Cristo llama a la conversión a aquellos que, según la palabra de la Escritura, se encuentran en medio del mar, es decir, de medio de las olas tempestuosas de las cosas del mundo»[5] Ahora nos toca a nosotros proseguir esa pesca divina, obedeciendo al mandato de Jesús, bajo la guía de Pedro, que es el patrón de la barca. Los frutos, ahora como entonces, serán copiosos: recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían (Lc 5, 6).

Quizá en ocasiones, como hacía notar nuestro Padre, nos podría venir a la cabeza la idea de que todo esto es muy hermoso, pero utópico, un sueño irrealizable; ¡está tan revuelto el mar del mundo en el que vivimos! Rechacemos inmediatamente este pensamiento, si alguna vez se presentara, y pidamos al Señor que nos aumente la fe, con la seguridad absoluta de que nuestras ilusiones se verán colmadas por las maravillas de Dios[6]. La solemnidad de Pentecostés, que hemos celebrado hace dos semanas, nos muestra que para Dios no hay imposibles: Él llenará de frutos las redes si, de nuestra parte, utilizamos en primer lugar los medios sobrenaturales —la oración, la mortificación, el trabajo realizado con perfección humana y sobrenatural— y aprovechamos todas las ocasiones que se nos presenten, para acercar las almas a Dios.

3. Fijémonos en la actitud de Simón Pedro. Tras la duda inicial —se había esforzado en la pesca durante toda la noche, sin lograr nada— se fía del Señor: sobre tu palabra echaré las redes (Lc 5, 5). Entonces se cumple el milagro. Benedicto XVI señala que «Pedro no podía imaginar entonces que un día llegaría a Roma y sería aquí “pescador de hombres” para el Señor. Acepta esa llamada sorprendente a dejarse implicar en esta gran aventura. Es generoso, reconoce sus limitaciones, pero cree en el que lo llama y sigue el sueño de su corazón. Dice sí, un sí valiente y generoso, y se convierte en discípulo de Jesús»[7].

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Lo mismo sucede con nosotros, si escuchamos al Señor y ponemos en práctica lo que nos dice, como parafrasea nuestro Padre: si me seguís, os haré pescadores de hombres; seréis eficaces y atraeréis las almas hacia Dios. Debemos confiar, por tanto, en esas palabras del Señor: meterse en la barca, empuñar los remos, izar las velas, y lanzarse a ese mar del mundo que Cristo nos entrega como herencia. Duc in altum et laxate retia vestra in capturam! (Lc 5, 4): bogad mar adentro, y echad vuestras redes para pescar[8].

La conducta de san Pedro, que se fía de Jesús más que de su experiencia personal, constituye una preciosa enseñanza para todos. Porque «también nosotros tenemos deseos de Dios, también nosotros queremos ser generosos, pero también nosotros esperamos que Dios actúe con fuerza en el mundo y lo transforme inmediatamente según nuestras ideas»[9]. Con estas palabras, Benedicto XVI pone en guardia ante lo único que verdaderamente podría conducir al fracaso más completo: depositar la confianza sólo o principalmente en las posibilidades o en los esfuerzos humanos, descuidando el recurso a los medios sobrenaturales. Sería un gravísimo error, porque el Señor habitualmente «elige el camino de la transformación de los corazones con el sufrimiento y la humildad. Y nosotros, como Pedro, debemos convertirnos siempre de nuevo»[10].

San Josemaría nos impulsaba a acudir a la Santísima Virgen, Reina de los Apóstoles, para que las redes —es decir, nuestro trabajo profesional, nuestras iniciativas, personales o en colaboración con otros— se llenen de eficacia en el servicio de la Iglesia. Que Ella nos enseñe a vivir de fe; a perseverar con esperanza; a permanecer pegados a Jesucristo; a amarle de verdad, de verdad, de verdad; a recorrer y saborear nuestra aventura de Amor, que enamorados de Dios estamos; a dejar que Cristo entre en nuestra pobre barca, y tome posesión de nuestra alma como Dueño y Señor[11].

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[1] San Josemaría, Camino, n. 799.

[2] Cfr. Mt 13, 52.

[3] Cfr. Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 48.

[4] San Agustín, Sermón 248, 2.

[5] San Cirilo de Alejandría, Comentario al evangelio de san Lucas, homilía 12.

[6] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 159.

[7] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 17-V-2006.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 159.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 17-V-2006.

[10] Ibid.

[11] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 22.

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